Francisco Mercader wrote:
> El intermediario
> por Hernán Casciari
> Hay dos clases de miserables que te tocan el timbre antes de las
> nueve: los vendedores y los cobradores. Sólo se diferencian en que los
> cobradores no sonríen cuando los abres. El que me tocó el timbre ayer
> era un vendedor. Tenía esa sonrisa amable que pide a gritos un puñetazo.
> Yo, en pijama, no tuve reflejos ni para cerrarle la puerta
> en la nariz. Entonces él sacó una cuartilla, me miró, y dijo algo que
> no estaba en mis planes:
> -Disculpe que lo moleste, señor Casciari -su acento era español-, pero
> nos consta que usted todavía es ateo.
> Eso fue lo que dijo. Textual. Ni una palabra más, ni una palabra menos.
> Que supiera mi apellido no fue lo que me dio miedo, porque está
> escrito en el buzón de afuera. Tampoco la acusación religiosa, que
> pudo haber sido casual. Lo que me aterró fue la frase "nos consta
> que".
> Desde que el mundo es mundo, nadie que use la primera persona del
> plural es buena gente. Pero la frase "nos consta que" indica, además,
> que alguien anduvo revolviendo cosas en tu pasado. Y quien la
> pronuncia nunca es tu amigo, porque habla en representación de otros,
> y esos otros siempre son los malos. "Nos consta que" es una
> construcción que sólo usan los matones de la mafia, los abogados de tu
> ex mujer y las teleoperadoras de Telefónica.
> -¿Me equivoco, señor Casciari? -insistió el vendedor al notarme
> disperso- ¿Es usted todavía ateo?
> -Son las nueve de la mañana -le dije-. A esta hora soy lo que sea más
> rápido.
> -Lo más rápido es que me diga la verdad.
> -Entonces soy cristiano. Tomé la Comunión a los ocho años, en la
> Catedral de Almería. Tengo testigos. ¿Algo más?
> -Eso lo sabemos, eso lo sabemos -dijo, sonriente-... Pero también
> estamos al tanto de que usted, por alguna razón, no se tragó la
> hostia.
> Mi corazón dejó de latir. Esto me ocurre siempre que el pánico me
> traslada a la infancia. A mis secretos de la infancia. Y entonces la
> memoria me llevó, rauda, a una mañana imborrable de 1979.
> Ahora estoy sentado en la séptima fila de la Iglesia Catedral de
> Mercedes, vestido de blanco inmaculado, junto a otras trescientas
> criaturas de mi edad, a punto de recibir mi Primera Comunión. La misa
> la oficia el padre D'Ángelo. Mis padres, mis abuelos, y una docena de
> parientes llegados de la Capital están a un costado del atrio,
> apuntándome con máquinas de sacar fotografías.
> Tengo dos niños a mi lado. A la derecha el Manolillo, y a la
> izquierda, Mariano. Los tres somos pichones católicos fervientes:
> durante un año entero hemos asistido a los cursos previos en el
> Colegio San Blas. Sábado tras sábado, por la mañana, nos han
> preparado para esta jornada milagrosa, en que recibiremos el cuerpo de
> Cristo.
> El padre D'Ángelo está diciendo cosas que me llenan de alegría, de
> emoción y de responsabilidad. Habla de ser buenas personas, habla del
> amor, de la lealtad y del compromiso hacia Dios. Yo estoy hipnotizado
> por sus palabras. En un momento miro a mi derecha, para saber si al
> Chiri le pasa lo mismo. El Manolillo está con la boca entreabierta,
> lleno
> de júbilo. Miro a la izquierda, para saber si a Mariano le ocurre
> otro tanto, y entonces veo su oreja.
> La oreja de Mariano está llena de cerumen.
> La cera es una sustancia asquerosa, grasienta, que aparece a la vista
> sólo cuando el que la ostenta no se ha lavado las orejas. Mariano tiene
> kilo y medio de esa mugre pastosa, como si se la hubieran puesto a
> traición con una manga pastelera. Es tan grande el asco, tal la
> repugnancia, que toda la magia del cristianismo se escapa para siempre
> de mi corazón.
> Dos minutos después estoy haciendo fila por el pasillo principal de la
> Iglesia, dispuesto a recibir la Comunión. Pero tengo arcadas. Cuando
> me llega el turno, el Padre D'Ángelo me ofrece la hostia y yo la tomo
> con los labios entreabiertos, pero no la digiero por miedo a vomitar a
> Cristo. Vomitar a Cristo, a los ocho años, es peor que pajearse.
> Entonces, con cuidado, la saco de mi boca y la guardo en el bolsillo.
> A la salida, entre las felicitaciones familiares, arrojo la hostia a
> un contenedor.
> Nunca jamás le he contado esto a nadie. Y ésta es, de hecho, la
> primera vez que lo escribo. El hombre que había tocado a mi puerta,
> sin embargo, conocía la historia.
> -Usted no puede saber eso -susurré. Ya no lo tuteaba.
> -No se asuste, señor Casciari -me dijo-, y permítame pasar, será sólo
> un momento.
> No se le puede negar el paso a alguien que sabe lo peor nuestro, lo
> nunca dicho, lo escondido. Yo debo tener tres o cuatro secretos
> inconfesables, no más, y el señor que ahora estaba sentándose a mi
> mesa sabía, por lo menos, uno. ¿Qué quería de mí este hombre? ¿Quién
> era?
> -No importa quién soy -dijo entonces, leyéndome el pensamiento-. Y no
> quiero nada suyo tampoco. Sólo deseo que evalúe las ventajas de
> convertirse. Usted no puede vivir sin un Dios.
> Respiré hondo. Creo que hasta sonreí, aliviado.
> -¿Eres un mormón? -exclamé- Casi me haces cagarme de un susto. Es que
> como no te vi con un compañerito pensé que.
> -No soy mormón -interrumpió.
> -Bueno, Testigo de Jehová, lo que sea. Sos de ésos que tocan el timbre
> temprano. Un rompebolas de los últimos días.
> -Tampoco -dijo, sereno-. Pertenezco a Associated Gods, una empresa
> intermediaria de la Fe.
> -¿Perdón?
> -Las religiones están perdiendo fieles, como usted sabe. Se han
> quedado en el tiempo. Nuestra empresa lo que hace es adquirir, a bajo
> coste, stock options de las más castigadas: cristianismo, budismo,
> islamismo, judaismo, etcétera, y las revitaliza allí donde son más
> débiles.
> -¿La caridad?
> -El marketing -me corrigió-. El gran problema de las religiones es que
> los fieles las adoptan por tradición, por costumbre, por herencia., y
> no por voluntad. Nosotros brindamos la opción de cambiar de compañía
> sin coste adicional y, en algunos casos, con grandes ventajas.
> -Yo estoy bien así -le dije.
> -Eso no es verdad, señor Casciari. Sabemos que usted no está conforme
> con el servicio que le brinda el cristianismo.
> El desconocido tenía razón. Hace un par de semanas yo estaba en el
> aeropuerto y se aparecieron unos Hare Krishnas. Me dio un poco de
> rabia verlos tan felices: siempre están en lugares con aire
> acondicionado y los dejan vestirse de naranja.
> -.y nadie les prohíbe ir descalzos -dijo el intermediario, otra vez
> leyéndome el pensamiento.
> Desde ese momento, más rendido que asustado, decidí seguir pensando en
> voz alta.
> -Cuando veo a los mormones me pasa parecido -dije-: a ellos les dan
> una bici y un traje fresquito. A los judíos les dan un año nuevo de
> yapa, a mediados de septiembre. A los musulmanes los dejan que las
> mujeres vayan en el asiento de atrás. Los Testigos de Jehová se salvan
> de la conscripción. ¿Y nosotros qué? ¿A los cristianos, qué nos dan?
> -Buenos consejos, quizás -dijo el hombre.
> -No jodas por el culo, no uses condón, no abortes, no compres discos de
> Madonna -me estaba empezando a calentar-. Prefiero una bicicleta con
> cambio.
> -Eso vengo a ofrecerle, señor Casciari: un cambio. La semana pasada
> convencí a un cliente cristiano de pasarse al Islam. El pobre hombre
> tenía una novia oficial y dos amantes. Se moría de culpa; casi no
> dormía. Ahora se casó con las tres y está contentísimo. Lo único que
> tiene que hacer es, cada tanto, rezar mirando a La Meca.
> El intruso empezaba a caerme bien. Por lo menos, tenía una
> conversación menos previsible que la de un fanático religioso.
> -¿Y cuánto cuesta cambiarse a otra creencia? -pregunté.
> -Si lo hace mediante Associated Gods, no le cuesta un centavo. Es más,
> le regalamos un teléfono móvil o un microondas. Nosotros nos
> encargamos del papeleo, de la iniciación y de los detalles místicos. Y
> si no está seguro de qué nueva religión elegir, lo asesoramos sin
> coste adicional.
> -Un teléfono no me vendría mal.
> -En su caso no, porque usted es ateo. Está ese pequeño incidente del
> cerumen -me sonrojé al oirlo en boca de otro-. Los regalos son cuando
> el cliente se pasa de una compañía a otra, y usted no pertenece a
> ninguna, técnicamente.
> Yo sabía que el problema con Mariano, tarde o temprano, me iba a
> jugar en contra.
> -Pero de todas maneras este mes hay una oferta especial -me dijo el
> vendedor-: si se convierte antes del 30 de octubre a una religión
> menor, le ofrecemos una segunda creencia alternativa, totalmente
> gratis.
> -No entiendo. ¿Qué vendría a ser una religión menor?
> -Hay creencias superpobladas, como el budismo, el confucismo. La
> cienciología, sin ir más lejos, últimamente es lo más pedido por las
> adolescentes, y ya no quedan cupos. Y después hay otras religiones más
> nuevas, más humildes. Estamos intentando captar clientes en estas
> opciones, a las que llamamos creencias de temporada baja.
> -¿Cuáles serían, por ejemplo?
> El vendedor abrió su portafolios y miró una planilla:
> -El taoismo, el vudú, el oromo, el panteísmo, el rastafarismo, por
> nombrarle sólo algunas. Si usted no es mucho de rezar, y no le importa
> que no haya templos en su barrio, le recomiendo alguna de éstas. Son
> muy cómodas.
> -¿Se puede comer jamón?
> -En algunas incluso se puede comer gente.
> -Me interesa. ¿Cuál sería la más distendida?
> -Si no le gusta esforzarse, le recomiendo el panteísmo: casi no hay
> que hacer nada. Solamente, cada mes o mes y medio, tendría que abrazar
> un árbol, por contrato.
> Me entregó un folleto explicativo, a todo color.
> -Me gusta -dije, mirando las fotos- pero tendría que conversarlo con mi
> mujer.
> El intermediario no se daba por vencido:
> -Si firma ahora le regalamos también el rastafarismo, una creencia
> centroamericana que lo obliga a fumar un porro por lo menos dos veces al
> día.
> -Me las quedo. A las dos - dije entonces, ansioso-. ¿Dónde hay que
> firmar?
> El intermediario me hizo rellenar unos formularios y firmé con gusto
> tres o cuatro papeles sin mirarlos mucho, porque estaban todos
> escritos en inglés. Antes de irse, me dejó una especie de biblia
> panteísta (escrita por Averroes), un sahumerio, una pandereta y una
> bolsita de porro santo. Lo despedí con un abrazo y lo vi salir de casa
> y perderse en la esquina.
> Como todavía era temprano me volví a meter en la cama. Guardé la
> bolsita y la pandereta en la mesilla de noche, me puse boca arriba en la
> oscuridad de la habitación y sonreí. "Todo por cero euros -pensé,
> satisfecho- cero sacrificio, cero esfuerzo. Nada de sudor de tu
> frente, nada de parirás con dolor, ni esas ridiculeces del
> cristianismo, mi antigua y equivocada fe".
> Cristina seguía durmiendo, a mi lado. Su reloj despertador,
> extrañamente, marcaba todavía las 8.59, pero eso no era posible.
> Habíamos estado hablando más de una hora con el intermediario. Tenían
> que ser casi las diez de la mañana. Entonces Cristina se dio vuelta y
> me abrazó.
> -¿Otra vez te está doliendo la espalda? -dijo, entredormida.
> Sin saber por qué, tuve un mal presentimiento. Como si algo no
> estuviera funcionando del todo bien.
> -No, ¿por?
> -Las manos. Te huelen a azufre -susurró, y se volvió a dormir.
Muy bueno, Francisco. Se te ha olvidado citar al autor, pero he
disfrutado del cuento. Me gustó, sobre todo, el final.