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El intermediario
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Francisco Mercader  
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 Más opciones 31 oct, 17:16
Grupos de noticias: es.charla.religion
De: "Francisco Mercader" <fmercad...@telefonica.net>
Fecha: Sat, 31 Oct 2009 23:16:06 +0100
Local: Sáb 31 oct 2009 17:16
Asunto: El intermediario
El intermediario
por Hernán Casciari

Hay dos clases de miserables que te tocan el timbre antes de las
nueve: los vendedores y los cobradores. Sólo se diferencian en que los
cobradores no sonríen cuando los abres. El que me tocó el timbre ayer
era un vendedor. Tenía esa sonrisa amable que pide a gritos un puñetazo.
Yo, en pijama, no tuve reflejos ni para cerrarle la puerta
en la nariz. Entonces él sacó una cuartilla, me miró, y dijo algo que
no estaba en mis planes:

-Disculpe que lo moleste, señor Casciari -su acento era español-, pero
nos consta que usted todavía es ateo.

Eso fue lo que dijo. Textual. Ni una palabra más, ni una palabra menos.

Que supiera mi apellido no fue lo que me dio miedo, porque está
escrito en el buzón de afuera. Tampoco la acusación religiosa, que
pudo haber sido casual. Lo que me aterró fue la frase "nos consta
que".

Desde que el mundo es mundo, nadie que use la primera persona del
plural es buena gente. Pero la frase "nos consta que" indica, además,
que alguien anduvo revolviendo cosas en tu pasado. Y quien la
pronuncia nunca es tu amigo, porque habla en representación de otros,
y esos otros siempre son los malos. "Nos consta que" es una
construcción que sólo usan los matones de la mafia, los abogados de tu
ex mujer y las teleoperadoras de Telefónica.

-¿Me equivoco, señor Casciari? -insistió el vendedor al notarme
disperso- ¿Es usted todavía ateo?

-Son las nueve de la mañana -le dije-. A esta hora soy lo que sea más
rápido.

-Lo más rápido es que me diga la verdad.

-Entonces soy cristiano. Tomé la Comunión a los ocho años, en la
Catedral de Almería. Tengo testigos. ¿Algo más?

-Eso lo sabemos, eso lo sabemos -dijo, sonriente-... Pero también
estamos al tanto de que usted, por alguna razón, no se tragó la
hostia.

Mi corazón dejó de latir. Esto me ocurre siempre que el pánico me
traslada a la infancia. A mis secretos de la infancia. Y entonces la
memoria me llevó, rauda, a una mañana imborrable de 1979.

Ahora estoy sentado en la séptima fila de la Iglesia Catedral de
Mercedes, vestido de blanco inmaculado, junto a otras trescientas
criaturas de mi edad, a punto de recibir mi Primera Comunión. La misa
la oficia el padre D'Ángelo. Mis padres, mis abuelos, y una docena de
parientes llegados de la Capital están a un costado del atrio,
apuntándome con máquinas de sacar fotografías.

Tengo dos niños a mi lado. A la derecha el Manolillo, y a la
izquierda, Mariano. Los tres somos pichones católicos fervientes:
durante un año entero hemos asistido a los cursos previos en el
Colegio San Blas. Sábado tras sábado, por la mañana, nos han
preparado para esta jornada milagrosa, en que recibiremos el cuerpo de
Cristo.

El padre D'Ángelo está diciendo cosas que me llenan de alegría, de
emoción y de responsabilidad. Habla de ser buenas personas, habla del
amor, de la lealtad y del compromiso hacia Dios. Yo estoy hipnotizado
por sus palabras. En un momento miro a mi derecha, para saber si al
Chiri le pasa lo mismo. El Manolillo está con la boca entreabierta,
lleno
de júbilo. Miro a la izquierda, para saber si a Mariano le ocurre
otro tanto, y entonces veo su oreja.

La oreja de Mariano está llena de cerumen.

La cera es una sustancia asquerosa, grasienta, que aparece a la vista
sólo cuando el que la ostenta no se ha lavado las orejas. Mariano tiene
kilo y medio de esa mugre pastosa, como si se la hubieran puesto a
traición con una manga pastelera. Es tan grande el asco, tal la
repugnancia, que toda la magia del cristianismo se escapa para siempre
de mi corazón.

Dos minutos después estoy haciendo fila por el pasillo principal de la
Iglesia, dispuesto a recibir la Comunión. Pero tengo arcadas. Cuando
me llega el turno, el Padre D'Ángelo me ofrece la hostia y yo la tomo
con los labios entreabiertos, pero no la digiero por miedo a vomitar a
Cristo. Vomitar a Cristo, a los ocho años, es peor que pajearse.
Entonces, con cuidado, la saco de mi boca y la guardo en el bolsillo.
A la salida, entre las felicitaciones familiares, arrojo la hostia a
un contenedor.

Nunca jamás le he contado esto a nadie. Y ésta es, de hecho, la
primera vez que lo escribo. El hombre que había tocado a mi puerta,
sin embargo, conocía la historia.

-Usted no puede saber eso -susurré. Ya no lo tuteaba.

-No se asuste, señor Casciari -me dijo-, y permítame pasar, será sólo
un momento.

No se le puede negar el paso a alguien que sabe lo peor nuestro, lo
nunca dicho, lo escondido. Yo debo tener tres o cuatro secretos
inconfesables, no más, y el señor que ahora estaba sentándose a mi
mesa sabía, por lo menos, uno. ¿Qué quería de mí este hombre? ¿Quién
era?

-No importa quién soy -dijo entonces, leyéndome el pensamiento-. Y no
quiero nada suyo tampoco. Sólo deseo que evalúe las ventajas de
convertirse. Usted no puede vivir sin un Dios.

Respiré hondo. Creo que hasta sonreí, aliviado.

-¿Eres un mormón? -exclamé- Casi me haces cagarme de un susto. Es que
como no te vi con un compañerito pensé que.

-No soy mormón -interrumpió.

-Bueno, Testigo de Jehová, lo que sea. Sos de ésos que tocan el timbre
temprano. Un rompebolas de los últimos días.

-Tampoco -dijo, sereno-. Pertenezco a Associated Gods, una empresa
intermediaria de la Fe.

-¿Perdón?

-Las religiones están perdiendo fieles, como usted sabe. Se han
quedado en el tiempo. Nuestra empresa lo que hace es adquirir, a bajo
coste, stock options de las más castigadas: cristianismo, budismo,
islamismo, judaismo, etcétera, y las revitaliza allí donde son más
débiles.

-¿La caridad?

-El marketing -me corrigió-. El gran problema de las religiones es que
los fieles las adoptan por tradición, por costumbre, por herencia., y
no por voluntad. Nosotros brindamos la opción de cambiar de compañía
sin coste adicional y, en algunos casos, con grandes ventajas.

-Yo estoy bien así -le dije.

-Eso no es verdad, señor Casciari. Sabemos que usted no está conforme
con el servicio que le brinda el cristianismo.

El desconocido tenía razón. Hace un par de semanas yo estaba en el
aeropuerto y se aparecieron unos Hare Krishnas. Me dio un poco de
rabia verlos tan felices: siempre están en lugares con aire
acondicionado y los dejan vestirse de naranja.

-.y nadie les prohíbe ir descalzos -dijo el intermediario, otra vez
leyéndome el pensamiento.

Desde ese momento, más rendido que asustado, decidí seguir pensando en
voz alta.

-Cuando veo a los mormones me pasa parecido -dije-: a ellos les dan
una bici y un traje fresquito. A los judíos les dan un año nuevo de
yapa, a mediados de septiembre. A los musulmanes los dejan que las
mujeres vayan en el asiento de atrás. Los Testigos de Jehová se salvan
de la conscripción. ¿Y nosotros qué? ¿A los cristianos, qué nos dan?

-Buenos consejos, quizás -dijo el hombre.

-No jodas por el culo, no uses condón, no abortes, no compres discos de
Madonna -me estaba empezando a calentar-. Prefiero una bicicleta con
cambio.

-Eso vengo a ofrecerle, señor Casciari: un cambio. La semana pasada
convencí a un cliente cristiano de pasarse al Islam. El pobre hombre
tenía una novia oficial y dos amantes. Se moría de culpa; casi no
dormía. Ahora se casó con las tres y está contentísimo. Lo único que
tiene que hacer es, cada tanto, rezar mirando a La Meca.

El intruso empezaba a caerme bien. Por lo menos, tenía una
conversación menos previsible que la de un fanático religioso.

-¿Y cuánto cuesta cambiarse a otra creencia? -pregunté.

-Si lo hace mediante Associated Gods, no le cuesta un centavo. Es más,
le regalamos un teléfono móvil o un microondas. Nosotros nos
encargamos del papeleo, de la iniciación y de los detalles místicos. Y
si no está seguro de qué nueva religión elegir, lo asesoramos sin
coste adicional.

-Un teléfono no me vendría mal.

-En su caso no, porque usted es ateo. Está ese pequeño incidente del
cerumen -me sonrojé al oirlo en boca de otro-. Los regalos son cuando
el cliente se pasa de una compañía a otra, y usted no pertenece a
ninguna, técnicamente.

Yo sabía que el problema con Mariano, tarde o temprano, me iba a
jugar en contra.

-Pero de todas maneras este mes hay una oferta especial -me dijo el
vendedor-: si se convierte antes del 30 de octubre a una religión
menor, le ofrecemos una segunda creencia alternativa, totalmente
gratis.

-No entiendo. ¿Qué vendría a ser una religión menor?

-Hay creencias superpobladas, como el budismo, el confucismo. La
cienciología, sin ir más lejos, últimamente es lo más pedido por las
adolescentes, y ya no quedan cupos. Y después hay otras religiones más
nuevas, más humildes. Estamos intentando captar clientes en estas
opciones, a las que llamamos creencias de temporada baja.

-¿Cuáles serían, por ejemplo?

El vendedor abrió su portafolios y miró una planilla:

-El taoismo, el vudú, el oromo, el panteísmo, el rastafarismo, por
nombrarle sólo algunas. Si usted no es mucho de rezar, y no le importa
que no haya templos en su barrio, le recomiendo alguna de éstas. Son
muy cómodas.

-¿Se puede comer jamón?

-En algunas incluso se puede comer gente.

-Me interesa. ¿Cuál sería la más distendida?

-Si no le gusta esforzarse, le recomiendo el panteísmo: casi no hay
que hacer nada. Solamente, cada mes o mes y medio, tendría que abrazar
un árbol, por contrato.

Me entregó un folleto explicativo, a todo color.

-Me gusta -dije, mirando las fotos- pero tendría que conversarlo con mi
mujer.

El intermediario no se daba por vencido:

-Si firma ahora le regalamos también el rastafarismo, una creencia
centroamericana que lo obliga a fumar un porro por lo menos dos veces al
día.

-Me las quedo. A las dos - dije entonces, ansioso-. ¿Dónde hay que
firmar?

El intermediario me hizo rellenar unos formularios y firmé con gusto
tres o cuatro papeles sin mirarlos mucho, porque estaban todos
escritos en inglés. Antes de irse, me dejó una
...

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Frank  
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 Más opciones 3 nov, 08:52
Grupos de noticias: es.charla.religion
De: Frank <franciscoriveraordo...@gmail.com>
Fecha: Tue, 03 Nov 2009 14:52:56 +0100
Local: Mart 3 nov 2009 08:52
Asunto: Re: El intermediario

...

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