a carta de Benedicto XVI para el Año sacerdotal se ofrece directamente
alos sacerdotes; indirectamente, a toda la comunidad cristiana, para
que apoye la renovación interior que la Iglesia y el mundo necesitan
actualmente de los sacerdotes. El autor ha comenzado a explicarla y
desarrollarla, como suele hacer con sus textos más importantes. Así lo
hizo en las dos audiencias generales del 24 de junio y del 1 de julio.
El sacerdocio se presenta como un "don" inmenso que pide humildad,
caridad universal y servicio infatigable y generoso. A la vez, es
también una "herida", de una parte por los sufrimientos de muchos
sacerdotes, de otra parte en cuanto que la Iglesia sufre por la
infidelidad de algunos de sus ministros, infidelidad que no debe dejar
en la sombra "el reconocimiento gozoso de la grandeza del don de
Dios". La carta expone la identidad del sacerdote y su misión; también
su espiritualidad y la colaboración con los fieles laicos.
Un sacerdote en Nueva York¿Cuál es la identidad del sacerdote? El
sacerdote, por su ordenación, es instrumento y representante de
Cristo, y, como tal, responsable y servidor del pueblo cristiano. "El
sacerdote -resumía el Santo cura de Ars- no es sacerdote para sí mismo
sino para vosotros". El 24 de junio el Papa explicó que no deben
oponerse dos modos de comprender al sacerdote: de un lado sólo desde
su función de "servicio", particularmente en el anuncio de la fe y la
predicación de la Palabra; de otro lado, sólo desde su configuración
sacramental con Cristo, subrayando en este caso el sacrificio de la
Cruz y la Eucaristía. Y no deben oponerse porque "el anuncio comporta
siempre también el sacrificio de sí, condición para que el anuncio sea
auténtico y eficaz". Cabría también decir: ser sacerdote se opone
tanto a una visión meramente "espiritualista" o "individualista" donde
sólo importara su relación con Cristo, como a una visión meramente
"funcionalista", que sólo se fijara en su papel respecto a la
comunidad. Con palabras del Papa: "Precisamente porque pertenece a
Cristo, el sacerdote está radicalmente al servicio de los hombres: es
ministro de su salvación, de su felicidad, de su auténtica
liberación…".
De ahí se deduce lo que suele llamarse la espiritualidad del
sacerdote, es decir: su modo propio de buscar la santidad, de lo que
también depende –en cuanto a sus frutos– su propia misión. Lo
importante es la comparación con Cristo: así como en Jesús su Persona
y su Misión van inseparablemente unidas –toda su obra salvífica es
expresión de su relación filial y amorosa con Dios Padre–, el
sacerdote debe aspirar a identificarse con el don que ha recibido,
ejercer su ministerio en unión con Cristo. Aquí está por tanto el
fundamento de la vida espiritual del sacerdote, como tarea que él
mismo debe imponerse, para lo que podríamos llamar –no es terminología
de la carta– su servicio "cristocéntrico". El sacerdocio es un don
para servir como Cristo, por Él, con Él y en Él.
Por eso el sacerdote debe buscar ante todo su propia comunión con
Cristo y la de los demás fieles, porque de ahí –señalaba Benedicto XVI
el 1 de julio–"brotan todos los demás elementos de la vida de la
Iglesia, en primer lugar la comunión entre todos los fieles, el empeño
de anunciar y dar testimonio del Evangelio, el ardor de la caridad
hacia todos, especialmente hacia los pobres y los pequeños". E
insistía en la superación de falsas dicotomías entre anuncio misionero
y culto, identidad ontológica y misión evangelizadora. En último
término, la misión del sacerdote se dirige a que toda la humanidad se
convierta en culto a Dios y en caridad hacia el prójimo. Y aludía a
unas palabras de San Juan Crisóstomo que relacionan el sacramento del
altar y el "sacramento del hermano"necesitado o del pobre, como dos
aspectos del mismo misterio.
En suma, la identidad del sacerdote le viene por la gracia de su
ordenación y se acrecienta con su esfuerzo por unirse cada día a
Cristo. En la ordenación, queda "consagrado" para su misión de hacer
presente a Cristo. "Precisamente siendo todo del Señor, es todo de los
hombres, para los hombres". Para hacerse consciente de ese vínculo
entre consagración y misión, su primera tarea cada día debe ser la
oración, que es también el alma de la auténtica "pastoral vocacional",
junto con la dirección espiritual y la confesión. Y así es, porque
conceder la primacía a la gracia divina es el antídoto contra las
incertidumbres, los cansancios y las visiones temporalistas del
sacerdocio.
En la carta, el ejercicio del ministerio sacerdotal se explica según
los tres "oficios" de Cristo: ministerio litúrgico o de los
sacramentos, ministerio de la Palabra, y ministerio de servicio a la
comunidad. En el centro del primero se sitúa la Eucaristía (la Misa).
Ahí el sacerdote ofrece su propia vida como sacrificio en unión con la
de Cristo, al mismo tiempo que asume las ofrendas –que representan la
vida entera– de los fieles. En función de la Eucaristía está el
sacramento de la Penitencia, donde el sacerdote representa a Cristo y
a la Iglesia, como pastor que sabe atender personalmente a quien
recurre a él: le anima y le consuela, le advierte o le fortalece, le
hace participar del amor misericordioso de Dios, que perdona. Para
desempeñar tan alto ministerio en los sacramentos, el sacerdote mismo
debe configurar su vida en torno a la oración y al sacrificio
(penitencia personal). En cuanto al ministerio de la Palabra (la
predicación), este ministerio –subraya Benedicto XVI– pide del
sacerdote el conocimiento de la Escritura, su meditación para hacerla
vida propia. Finalmente, el servicio que presta a la comunidad
cristiana, exige también determinadas virtudes, como la humildad, la
caridad, la generosidad –ya señaladas–, la pobreza, la castidad y la
obediencia al Obispo; todas ellas en el modo que conviene a la
condición de presbítero.
Por lo que se refiere a la relación con los fieles laicos, se habla de
"colaboración" con ellos en el "único pueblo sacerdotal" (la Iglesia).
En efecto, el sacerdote no es ni el "jefe" de la comunidad de los
fieles, ni simplemente un ayudante para las cosas del espíritu, ni un
gestor social. Es una relación, la del sacerdote con los fieles,
presidida por la caridad. El sacerdote ha de presentarse ante los
fieles con un punto de "gravedad" afable. El pueblo cristiano
consciente ha sabido siempre tratar al sacerdote con respeto y cariño,
porque, sea quien sea, ve en él a Cristo. Sacerdotes y laicos trabajan
en colaboración orgánica, forman una unidad fraterna y corresponsable.
Estos mismos principios rigen la relación del sacerdote con los
movimientos eclesiales, surgidos de los múltiples dones y carismas que
pueden recibir tanto los fieles como los ministros ordenados. Además,
como el sacerdocio no es una realidad individual sino que se ejerce en
comunión, surge la conveniencia de "formas concretas de fraternidad
sacerdotal efectiva y afectiva". Aquí cabe pensar, por ejemplo, en las
asociaciones sacerdotales que refuerzan la unidad con el Obispo, la
fraternidad y la formación permanente de los sacerdotes.
Fuente: Camineo.info